El fundamento de la educación emocional

MARINA JOSE ANTONIO
Post de El Mundo por JOSÉ ANTONIO MARINA

 

06/06/2014

El autor dice que para avanzar en educación deben potenciarse las llamadas funciones ejecutivas del cerebro. Explica que hay que incurrir en la capacidad de atención y de memoria, en las emociones y el comportamiento.

ME SIENTO en medio de un huracán. Muchas cosas se están moviendo muy rápidamente en educación y no podemos quedarnos al margen. Hoy quiero hablarles de una de ellas. En muy poco tiempo ha aparecido una gran cantidad de investigaciones, programas, libros y noticias acerca de un misterioso Factor E, al parecer decisivo para el futuro de nuestros niños y adolescentes. Como muestra, citaré algunos testimonios. La revista Newsweek titula en portada: «La competencia escolar que importa más que el cociente intelectual». El psicólogo Adam Cox, autor de No Mind Left Behind, escribe: «El conocimiento del Factor E supone una revolución en el modo de educar a niños y adolescentes». James Heckman, premio Nobel de Economía, tras estudiar los programas educativos que han tenido éxito, detecta la importancia decisiva del Factor E. Adele Diamond, de la British Columbia University, ha mostrado la correlación entre el Factor E y los resultados escolares. Walter Mischel, de la Columbia University, sostiene que el Factor E predice mejor la evolución del alumno a medio y largo plazo que los test de inteligencia. Lo mismo dice Terri Moffit, a partir de los datos del Dunedim Multidisciplinary Health and Development Study, que ha seguido a los participantes durante 40 años. El Factor E es peor en los niños que viven en entornos económicamente deprimidos y en EEUU explica la mitad de la brecha entre niños blancos y afroamericanos. Paul Tough señala que, según el 46% de los maestros de infantil, al menos la mitad de los niños muestran un déficit en el Factor E. Un buen nivel en el Factor E predice buena integración social, ausencia de problemas de adicciones y éxito laboral. Según el Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard, su buen desarrollo en la infancia es el puente que une el éxito escolar con el desarrollo social, emocional y moral. También correlaciona con la comprensión lectora y con la creatividad (Swanson). El último libro de Daniel Goleman –Focus– reconoce que el Factor E es el fundamento de toda posible educación emocional.

No es de extrañar, pues, el interés por el tema. Muchas escuelas estadounidenses están incluyendo en sus programas el desarrollo del Factor E. Fundaciones como la Bill y Belinda Gates, Raikes, Lumina, McArthur y Spencer están financiando investigaciones y hay administraciones, como la de la provincia canadiense de Ontario, que están introduciendo estos programas en su sistema educativo. También la Consejería de Educación de Canarias ha demostrado un interés pionero.

Podría seguir acumulando referencias, pero ha llegado el momento de explicar qué es el Factor E. E procede de executive control. En los últimos años, la Neurociencia ha estudiado con gran interés lo que se llaman «funciones ejecutivas» del cerebro. Son las que organizan todas las demás funciones –intelectuales, emocionales, motoras– para dirigirlas a una meta. Es nuestro director de orquesta cerebral. El Factor E recibe muchos nombres. El estudio de la Universidad de Michigan Teaching Adolescents To Become Learners lo denomina non cognitive skills, e incluye la constancia, la resiliencia, la determinación, la autorregulación, la autoeficacia, el autocontrol, la autodisciplina, los hábitos de trabajo, la resistencia al esfuerzo y la capacidad de soportar la frustración. Como explica Ray Baumeister: las funciones ejecutivas son las que nos hacen humanos. Están localizadas, fundamentalmente, en los lóbulos frontales, que tenemos extraordinariamente desarrollados, por comparación con el resto de los animales. Para mí es una satisfacción enorme que uno de los grandes especialistas en este tema sea el español Joaquín Fuster, que acaba de publicar un magnífico libro, precisamente, sobre el Factor E, titulado Cerebro y Libertad. Hay, además, un importante grupo de neurólogos españoles especializados en funciones ejecutivas, encabezado por el profesor Tirapu-Ustárroz.

Las funciones ejecutivas que hemos identificado pueden englobarse en cuatro grupos. Gestión de la atención. Gestión de la memoria. Gestión de las emociones. Gestión del comportamiento. Nuestros primos animales también atienden, recuerdan, se emocionan y actúan. La gran diferencia es que nosotros podemos controlar esas actividades, que los animales realizan dirigidos por estímulos exteriores o impulsos interiores. Tenemos una atención involuntaria como ellos, pero también podemos dirigir voluntariamente la atención. Tenemos sistemas de memoria parecidos, pero, además, podemos decidir lo que queremos aprender. Tenemos emociones diseñadas genéticamente, pero podemos educarlas, modularlas, bloquearlas o estimularlas. Y, por último, tenemos sistemas de comportamiento preprogramados, pero también podemos elegir metas y dirigir nuestra conducta hacia ellas. Podríamos llamar al Factor E «factor voluntad», si esta palabra no estuviera tan desprestigiada. O «factor libertad», si no fuera una expresión confusa. Hay que tener en cuenta que las funciones ejecutivas permiten que el cerebro humano se construya a sí mismo. Somos los diseñadores de nuestra propia inteligencia.

MUCHOS DE LOS problemas que encontramos en las aulas tienen su origen en un mal desarrollo del Factor E, de las funciones ejecutivas: trastornos por déficit de atención, impulsividad, poca tolerancia al esfuerzo, dificultad para mantener metas, problemas de aprendizaje, fracasos en la integración social, problemas de adicciones, agresividad, falta de responsabilidad, incapacidad para tomar decisiones, etc. También una gran parte de las enfermedades mentales derivan de un mal funcionamiento de las funciones ejecutivas.

Desde hace varios años trabajo con un equipo de investigadores jóvenes para introducir estas nuevas ideas en el mundo educativo. No se trata de cambiar leyes, ni de crear nuevas asignaturas, ni de multiplicar cursillos, sino de incluir el desarrollo de las funciones ejecutivas –el Factor E– dentro del currículo actual. Basta con enseñar de otra manera. Muchos docentes lo están haciendo ya. Cuando en un aula se enseña al niño a trabajar por proyectos, se cuida el aprendizaje de la atención voluntaria, se le enseña a saber aplazar la recompensa y a mantener el esfuerzo, se le ayuda a organizar su memoria y a saber usarla, y se le entrena en lo que llamamos habilidades metacognitivas, se está educando el Factor E, tal vez sin saberlo. Es una gran satisfacción pensar que estamos en la vanguardia en este terreno. La Universidad Nebrija ha creado una cátedra para estudiar las relaciones entre inteligencia ejecutiva y educación, financiada por el Banco de Santander, y cuya dirección me ha encomendado. Además, una parte de esos métodos ya están incorporados a los programas de la Universidad de Padres (www.universidaddepadres.es). Quien quiera aprovecharse de estos conocimientos puede matricularse en ella. Así, de paso, nos ayudará a continuar las investigaciones. Sería estupendo que, por una vez, un modelo educativo español estuviera en primera línea abriendo nuevas fronteras. En la Fundación UP queremos ampliar las investigaciones para llevar los descubrimientos de la Neurociencia al aula o al cuarto de estar. Necesitamos financiación, aunque sea pequeña. No me importa ser pedigüeño por una buena causa. Confieso que tengo prisa, porque para la educación de nuestros niños y adolescentes, un año perdido es una eternidad. Ya saben mi dirección: jamarina@movilizacioneducativa.net 

José Antonio Marina es filósofo.

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